Sobre el Aborto (Provocado)

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Del blog de Ileana Medina Tenemos Tetas traemos esta interesante reflexión. La fotografía es de Laurent Ladever

“Cuando está muy hambrienta, una mujer aceptará cualquier substituto que se le ofrezca, 
incluyendo aquéllos que, como placebos, no hacen nada por ella,
 así como los destructivos y los que ponen en riesgo su vida, 
que la hacen perder horriblemente su tiempo y sus talentos, o exponen su vida a peligros físicos. 
Es el hambre del alma lo que hace que una mujer 
elija cosas que la harán bailar alocadamente fuera de control 
—y demasiado cerca de la puerta del verdugo”
Clarissa Pinkola Estés

El aborto es uno de esos temas peliagudos que nunca sabemos por dónde cogerlo. Está de nuevo de actualidad, dado que el PP pretende anular la ley del aborto que aprobó el gobierno anterior. Leo un artículo de Elisa R. Court en el blog de Marisol Ayala, que me ha inspirado este.

Es necesario hablar de ello, aún a riesgo de equivocarnos o de no tener claras todas las ideas, porque creo que el debate público sigue estando lejos del meollo del asunto.

 
Hagamos un diálogo imaginario:
 
¿Debe ser legal el aborto? 

 
Parto diciendo que estoy a favor de la legalidad del aborto. La ilegalización del aborto sólo trae como consecuencia insalubridad, violencia, mafias y aumento de la mortalidad de las mujeres. En los países donde el aborto es ilegal, las mujeres ricas pagan por abortar en otros países o clandestinamente en clínicas privadas, y las mujeres pobres caen en manos de personas sin escrúpulos o se violentan ellas mismas, con grave peligro para su salud y para sus vidas. 
 
La criminalización del aborto (como por otra parte, la de la prostitución o las drogas por ejemplo, con sus matices diferentes) es hipócrita, no impide la práctica del mismo, y sí genera marginalidad, insalubridad, delincuencia.  
 
¿Y el derecho a la vida? ¿Hay vida en un embrión recién concebido? 
 
Desde mi punto de vista, sí. Claro que hay vida. Pero las mujeres somos las guardianas y las tejedoras de la vida. (Si te parece muy poético, podemos decir “gestoras” de la vida, en sus dos acepciones, que gesta, y por tanto, gestiona). Somos las mujeres las que tenemos soberanía sobre nuestros cuerpos, y somos las mujeres las que tenemos el poder sobre la vida que engendramos, gestamos y traemos al mundo (con el apoyo y el sostén de nuestras parejas y de la sociedad en su conjunto, en el mejor de los casos). 
 
En un mundo ¿utópico? donde mujeres conscientes retomarámos el control sobre la vida (¿nuestras vidas?) el aborto sería mínimo. Ninguna mujer sana física y emocionalmente, madura, y sostenida por una sociedad igualmente sana, desearía pasar por la auto-agresión que es al fin y al cabo un aborto. 
 
¿Por qué decide una mujer entonces abortar? 

Hay dos factores milenarios que nos llevan a la desagradable situación de un embarazo no deseado: la falta de información, y la falta de autoestima que padecemos las mujeres. Ambas son consecuencia del patriarcado, y no se curan con más patriarcado (más control) sino con más conciencia y más empoderamiento femenino.

 
La incultura, el desconocimiento sobre nuestros ciclos, el escaso control y conocimiento sobre nuestro cuerpo, las leyendas urbanas, los tabúes sobre el sexo, la nula educación sexual y emocional, las prohibiciones milenarias de la Iglesia… lleva a que muchas mujeres, sobre todo adolescentes y jóvenes, tengamos prácticas sexuales de riesgo que aumentan tanto los embarazos no deseados como las enfermedades de transmisión sexual. 
 
Algunos médicos y mujeres conectadas con su femineidad, afirman, por ejemplo, que si las mujeres tuviéramos mayor conciencia de nuestro cuerpo, seríamos capaces de saber siempre en qué momento estamos ovulando. Ni siquiera harían falta píldoras anticonceptivas, que tienen tantos efectos secundarios y que silencian los signos de nuestro cuerpo. Las prácticas represivas (invisibles de tan “normales”) de las sociedades patriarcales nos separan del cuerpo (y de las emociones que es lo mismo, del sentir) desde que nacemos, y esto es especialmente perjudicial en las mujeres.Hemos perdido todos los ritos y prácticas que nos conectaban con nuestros úteros, con nuestra vida cíclica, nuestras fases menstruales. Hay que leer, por ejemplo, el libro Luna Roja, de Miranda Grey, para saber lo lejos que estamos muchas mujeres de conocer -y por tanto de poder disfrutar y no padecer- nuestra femineidad en toda su plenitud. Menstruar, embarazarse, parir, lactar, tener la menopausia… todo es una enfermedad dolorosa o imposible en una sociedad donde el cuerpo femenino es negado. 
 
Porque no es sólo una cuestión de información técnica y de acceso a los preservativos u otros medios de control de la fecundidad: hay también detrás un grave problema emocional y de autoestima, tanto de hombres como de mujeres. 
 
Somos, ellos y nosotras, analfabetos emocionales y sexuales. La “liberación sexual” aparente del siglo XX nos ha llevado quizás a más coito (lo que nunca está mal) pero no nos ha llevado a recuperar el control sobre nuestras vidas. Las niñas, adolescentes, jóvenes y mujeres nos seguimos entregando muchas veces infantilmente a parejas que no nos respetan ni nos merecen, en condiciones inseguras. Seguimos usando el sexo como “prueba de amor”, o lo que es peor, como reclamo de amor. Nos plegamos si ellos no quieren usar preservativos, “perdemos la cabeza”, somos irresponsables… Nos autoengañamos creyendo que estamos haciendo sexo “por placer”, desdeñando los mecanismos inconscientes y las necesidades afectivas no satisfechas que hay detrás. 
 
Encima, cuando llega el embarazo no deseado, nos encontramos en la mayor soledad y desamparo, y con un bebé que será un “obstáculo” para todas las posibilidades de realización personal. El aborto está asegurado. 
 
¿Pero en una sociedad con una natalidad tan baja como la española, no es conveniente evitar los abortos?

En los países industrializados, aumentan los abortos, aumenta la infertilidad, aumenta el uso de métodos anticonceptivos, y disminuye la natalidad. La procreación, la maternidad y los niños se convierten en general en “obstáculos” para el trabajo, el “éxito”, la vida propia, la libertad individual… 

 
Ha dicho Gallardón que, a diferencia del PSOE, «el PP ofrecerá a esas mujeres inmigrantes, con discapacidad o menores, alternativas frente a la interrupción del embarazo, mientras que los socialistas sólo ofrecían el aborto, “nosotros les vamos a decir que tienen derecho a la maternidad”.»
 
Truco retórico falaz, en primer lugar, porque no son solo las mujeres inmigrantes (paren más que las nativas), discapacitadas o menores, las que abortan. Una gran cantidad de mujeres adultas, perfectamente capacitadas, renuncian o postergan la maternidad, o nos limitamos a tener un solo hijo. El derecho a la maternidad -y a una infancia feliz de los bebés y niños, a una (con)vivencia feliz de los adultos con nuestras crías- no se consigue ilegalizando el aborto, sino con políticas positivasde apoyo a la maternidad.Tanto el derecho a no reproducirnos, como el derecho a reproducirnos en las mejores condiciones, debe ser respetado, uno no niega al otro. El aborto se minimiza cuando las condiciones sociales son óptimas para la maternidad, ampliando y no restringiendo derechos.La natalidad baja de los países prósperos indica que la sociedad en su conjunto se vuelve adversa a la maternidad, a la reproducción y a los niños pequeños. Es el precio que hemos pagado por la incorporación de la mujer al trabajo, por el aumento de la productividad y por un modelo social donde prima única y exclusivamente la producción de bienes materiales. El prestigio de la maternidad y la crianza baja, y sube el prestigio del triunfo laboral y personal (lo cual conviene a los mercados, principal fuerza socializadora). Pasan a reproducirse sólo los extremos sociales: las clases altas -que delegan la crianza en criadas-, y las clases muy bajas, sin acceso a la planificación familiar, con embarazos no deseados. Las familias trabajadoras de clases medias lo tenemos muy crudo para reproducirnos, criar y trabajar a la vez.

La Iglesia y la derecha resultan hipócritas porque pretenden resolver el problema con prohibiciones (que luego ellos mismos no cumplen), y no con políticas de cambio social que vayan al origen del asunto. La izquierda, los sindicatos, las feministas, los homosexuales… ¿sin saberlo? también se han sumado a la voz coral que dice que lo más importante es el trabajo (la otra cara del mercado). Así, es normal que embarazos, partos, lactancias y crianzas felices no sean prioridad para nadie.  ¡Pero se trata de la continuidad y de la calidad de nuestras vidas!

¿Y qué condiciones sociales serían óptimas para la maternidad? 

Los países nórdicos, que se enfrentaron hace décadas a índices bajos de natalidad, lo solucionaron bastante bien. Noruega se considera el mejor país del mundo para ser madre, y también para vivir, por cierto. En Noruega el aborto es legal, la maternidad es apoyada, y las mujeres tienen una alta participación en los asuntos públicos. Valdría la pena estudiar con interés el modelo noruego.

Bajas maternales (y paternales) más largas, políticas de conciliación reales, prestigio de las labores de crianza y cuidado, mayor implicación de los hombres en las labores de cuidado y domésticas, flexibilización de las condiciones laborales para los progenitores (teletrabajo, trabajos por objetivos y no presencialistas, guarderías en los centros de trabajo, incluso trabajos a los que se pueda acudir con niños…), convertir las ciudades en espacios acogedores para los niños; embarazos, partos y lactancias respetados, placenteros y felices… el desplazamiento, en fin, hacia una ética del cuidado. Mujeres y hombres que queremos retomar el poder sobre nuestras vidas, que valoramos nuestro tiempo privado y familiar, que intentamos sanar nuestros vínculos emocionales,  y dejamos de ser seres unidimensionales, meras fuerzas de producción. 

 
Pero ahí es donde entramos en contradicción. Todo el mundo considera que más permisos y menos horarios laborales es un “lujo” que no nos podemos permitir. Ahí llegamos a la verdadera dimensión política del fenómeno, ese modelo de desgaste productivo-industrial que está en crisis. Empezamos hablando de aborto, y tenemos que terminar hablando del trabajo, de la producción, del sistema económico y político. Una sociedad más justa, más igualitaria, más ecológica, más sostenible, y más amorosa, más cuidadosa con todos… tiene que ir hacia nuevas formas de concepción y organización del trabajo… un mejor reparto de la riqueza que lleve inevitablemente a ¿menos trabajo?, porque es en realidad el trabajo y la dedicación absoluta a la lógica mercantil-industrial lo que está entrando en conflicto con la forma en que queremos nacer, criarnos, vivir… y ya no es posible llegar a ella desde el discurso tradicional de la izquierda ni de la derecha. 
 

 

 

 

 

 

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